¿Gas por un tubo para Europa?

El mayor proyecto energético de la Comisión liga a la UE al régimen de Azerbaiyán sin liberarla del todo de Rusia

El Parlamento Europeo que ahora cierra legislatura no ha tenido ocasión de votar sobre el Acuerdo de Asociación entre la UE y Azerbaiyán, el cual dijo –por mayoría– en julio del 2018 que vetaría si no se registraban avances en el respeto a los derechos humanos en la ex república soviética del sur del Cáucaso. El pasado 13 de mayo, la UE celebraba diez años de este tipo de acuerdos, que implican a este país, a Armenia, Georgia, Ucrania, Moldova y Bielorrusia. No hay mucho que decir de ellos, aunque la visión del Consejo Europeo es, por norma, positiva.

No hay fecha para que el caso de Azerbaiyán vuelva a la Eurocámara, pero nada impedirá de todos modos que siga adelante el único proyecto importante que lo une a la UE y que existe al margen de este tipo de acuerdos: en el 2020, una tubería de 3.500 kilómetros empezará a descargar en Europa gas natural del mar Caspio a razón de 10.000 millones de metros cúbicos anuales (10 bcm en su abreviatura inglesa, que es la más simple). Se trata del Corredor de Gas del Sur (CGS), el proyecto estrella de la Comisión Europea para reducir la dependencia del gas ruso de buena parte de la UE.

Proyecto geopolítico de naturaleza opuesta al gasoducto Nord Stream 2, que ligará aún más Alemania a Rusia a través del Báltico, el CGS es lo que queda del ambicioso gasoducto Nabucco, que debía abastecer al menos a 16 países y en particular al Este de Europa más dependiente del gas ruso, partiendo de Turquía y pasando por Bulgaria, Rumanía y Hungría hasta Austria.

 

 

En el 2013, la fase final del Nabucco quedó frustrada por Azerbaiyán. El resultado final son tres tubos unidos que forman el CGS: el primero va del yacimiento azerbaiyano de Shah Deniz 2, en el Caspio, hasta la frontera de Georgia y Turquía; el segundo, el Transanatoliano (Tanap), atraviesa Turquía hasta Grecia, donde comienza el Transadrático (TAP), que cruza el mar hasta Italia.

Fue la apuesta de Azerbaiyán por el TAP lo que cambió las tornas. Jugaron intereses que implican a este país con Grecia e Italia y en especial con Rusia. El presidente Ilham Aliyev desarrolla una política exterior de equilibrios entre Rusia y Occidente. Apostando por el TAP para conectarlo al Tanap –que fue pactado con Erdogan en el 2011 y que se inauguró en el 2018– no perjudicaba los intereses rusos como el Nabucco. Aún no está claro hacia dónde se dirigirá el TAP desde Italia, pero cabe la posibilidad de que acabe acarreando también gas ruso.

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