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23 de Septiembre de 2017
Dr. Ing. Alberto Ríos Villacorta
Consultor Internacional en Energías Renovables y Eficiencia Energética
www.albertorios.eu

La capacidad de generación de argumentos de los Fossil Lovers peruanos debe estar en niveles mínimos puesto que necesitan acudir a la supuesta superioridad moral de los recursos fósiles, último reducto de defensa fósil. Un argumento tan absurdo como pretender filosofar sobre la moral de la esclavitud, que en su correspondiente periodo histórico permitió un repugnante y despreciable enriquecimiento ilegitimo durante siglos de una reducida clase social, la aristocracia terrateniente. George Washington, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, fue un consumado esclavista y su lucha por las libertades no le impidió mantener su adhesión a la esclavitud en coherencia con la visión de la época esclavista. Uno de los más publicitados filósofos de la supremacía moral fósil es Alex Epstein quien sostiene, en su defensa de la moral fósil, que los recursos fósiles ofrecen un mayor acceso a la energía y contribuyen a reducir la pobreza. Alex Epstein es simplemente un filósofo más, eso sí algo extravagante y provocador, y muy mediático, adscrito a la corriente negacionista de la responsabilidad de la contaminación fósil en el cambio climático. Los argumentos de Alex Epstein son análogos a los de una pareja masoquista y desquiciada que deciden no romper su relación personal por los inolvidables e insuperables momentos vividos en los inicios de su entramado amoroso, obviando la dinámica autodestructiva y enajenante a la que se ha deslizado su convivencia amorosa. En este artículo se plantean algunos acuciantes temas filosóficos que los defensores la filosofía de la moral fósil, casual y curiosamente, no consideran en sus análisis.

Evolución Histórica del Consumo de Energía
En los albores de la civilización humana, los grupos humanos satisfacían sus necesidades energéticas bajo una estructura social conocida como sociedad recolectora y cazadora, caracterizada por la movilidad de sus miembros y la búsqueda de alimentos. El consumo energético de estas sociedades era aproximadamente de 2000-2500 kilocalorías al día, una energía comparable al empleo de una potencia de 100 a 120 vatios durante 24 horas. Se estima que entre 2 a 3 millones de años el hombre primitivo consumió la energía de una bombilla incandescente encendida todo el día.

Hace 500 mil años, el control del fuego por las sociedades recolectoras-cazadoras permitió duplicar su consumo energético gracias al aprovechamiento de la energía exosomática solar concentrada en la biomasa recolectada. El establecimiento de sociedades agrícolas y la aparición de las primeras urbes hace unos 10 mil años represento un nuevo incremento en el consumo energético, debido a la fabricación de herramientas metálicas e instrumentos de labranza. La invención de la rueda, el empleo de tracción animal y el aprovechamiento de la energía eólica en la navegación aumentaron el consumo energético por persona hasta 500 vatios.

A mediados del siglo XVIII se inició en Inglaterra la revolución industrial. Un periodo caracterizado por la mecanización de diversas actividades económicas como la agricultura, el transporte, la producción industrial de bienes y el empleo a gran escala del carbón y el petróleo. El consumo energético en los países industrializados alcanzó un valor equivalente a los 3500 vatios. 35 veces el consumo del hombre primitivo.

La aparición de ordenadores e internet, el avance de complejos sistemas de telecomunicación y las innovaciones científico-tecnológicas han condicionado la aparición en las últimas décadas de la denominada sociedad post-industrial. El homo sapiens evolucionado hacia el homo tecnologicus, que consume actualmente una energía equivalente a 120 veces la consumida por el hombre cavernícola.

La evolución del consumo energético en las diferentes etapas históricas de la civilización humana se asemeja a un palo de hockey. La comparación con la forma del palo de hockey indica que, inicialmente, durante un extenso periodo de tiempo, el consumo energético satisfizo exclusivamente las necesidades metabólicas de la población humana: el mango o stick, la parte más alargado del palo de hockey. En los últimos siglos, sin embargo, la voraz explotación de los hidrocarburos ha elevado exponencialmente el consumo energético de la sociedad agro-urbano-industrial: la pala, parte final del palo de hockey, figura 1. Satisfacer la insaciable voracidad energética del homo tecnologicus es el desafío más acuciante de la humanidad en las próximas décadas.

Figura 1: Evolución del consumo energético en las sociedades humanas, Pedro Prieto.

El Gen del Fuego
El descubrimiento y control del fuego transformó a la especie humana en una “especie especial”. El fuego permitió a la especie humana dar un salto cualitativo con respecto a otras especies. Algunos científicos consideran que el descubrimiento del fuego es el momento más importante en la historia de la evolución energética de la humanidad.

Gracias al control de fuego, el ser humano se defendió de sus depredadores, habitó las oscuras y frías cavernas de las épocas glaciales, mejoró sus armas de caza, cocinar sus alimentos y evitó innumerables enfermedades e infecciones. El fuego redujo la mortalidad entre los homo sapiens e incentivó un acelerado crecimiento de su población. El crecimiento demográfico de los humanos obligó a la búsqueda de nuevos horizontes y se inició la conquista del planeta por una única especie, la especie humana.

Pero sin duda, la mayor consecuencia de tan fantástico descubrimiento es que introdujo en el ADN humano el gen del fuego. El ser humano no es capaz de concebir otra forma de generar energía si no es gracias al fuego, a la combustión. Quizás por eso, 500 mil años después, casi el 90% de la energía primaria que necesitan las modernas sociedades humanas procede de energía que se extrae gracias a sofisticados procesos de combustión. Más sofisticados, pero el principio sigue siendo el mismo: quemar y obtener fuego.

La combustión está tan arraigada en la sociedad humana que el transporte de personas y mercancías, que hasta hace unos siglos se realizaba por tracción animal, se ha reemplazado por sofisticados dispositivos mecánicos que obtienen energía a partir de la combustión de los derivados del petróleo.

Hace más de 500 mil años, el ser humano se convirtió en la única especie del planeta capaz de crear, transformar, transportar, distribuir y consumir energía fuera de su cuerpo. Al igual que otras especies, el ser humano necesita de energía endosomática para satisfacer sus necesidades básicas, pero la capacidad de controlar energía exosomática fuera del cuerpo es una característica única y exclusiva de la especie humana. La especie humana es especial porque es la única especie del planeta que lo quema todo. El gen del fuego no permite concebir otra forma de generar energía si no es la combustión, es decir, quemando madera, carbón, petróleo o gas. La transformación energética de las sociedades actuales dependerá de la capacidad de inhibir el gen del fuego a escala planetaria.

Figura 2: Control del fuego por el hombre primitivo, Documental “En Busca del Fuego”.

Los Esclavos Energéticos del “Homo Tecnologicus”
En un par de millones de años, el hombre primitivo se ha transformado en el moderno “homo tecnologicus”. El “homo tecnologicus” es un ser humano muy sofisticado que desarrolla sus actividades en una sociedad altamente tecnológica e industrializada.

El “homo tecnologicus” se transporta a su lugar de trabajo en un automóvil con aire acondicionado y GPS, trabaja en un edificio que cuenta con las últimas tecnologías domóticas, ascensores inteligentes y máquinas dispensadoras de café, dispone de un ordenador con conexión a internet, correo electrónico y mantiene conferencias virtuales con compañeros de trabajo, familiares y amigos en otros países. Pero sobre todo el “homo tecnologicus” es un homo sapiens con un elevadísimo consumo energético.

El consumo medio energético del “homo tecnologicus” en cualquier país altamente industrializado es equivalente al consumo de 12 mil vatios de potencia durante 24 horas al día durante los 365 días del año. Es decir, consume el equivalente a 6 secadoras de pelo o 120 bombillas incandescentes encendidas todo el año. Un hombre primitivo de las cavernas perteneciente a la sociedad recolectora-cazadora presentaba un consumo medio energético equivalente a la potencia de una bombilla incandescente de 100 vatios encendida las 24 horas del día durante un año. No es difícil deducir que un “homo tecnologicus” consume 120 veces la energía de su lejano predecesor, el homo sapiens.

Un “homo tecnologicus” energéticamente equivale a 120 hombres primitivos. 120 hombres primitivos trabajando incansablemente para satisfacer las necesidades energéticas de un homo sapiens del siglo XXI, 120 esclavos energéticos trabajando incansablemente para el “homo tecnologicus”. Al igual que el homo sapiens, el “homo tecnologicus” dedica parte de su energía a satisfacer sus necesidades energéticas endosomáticas. La diferencia es que el hombre cavernícola dedicaba muchas horas del día a recolectar o cazar sus alimentos. El “homo tecnologicus” sólo tiene que acercase a un centro comercial, comprar la comida necesaria y almacenarla en casa en un moderno frigorífico. Alguien ha asumido el esfuerzo energético de cultivar, cosechar, transportar, envasar y distribuir los alimentos que disfruta el “homo tecnologicus”. Una fuerza energética invisible suministra al desenfadado e inefable “homo tecnologicus” la energía necesaria para que se transporte, se conecte a internet, se alimente, se caliente y se divierta en la moderna sociedad tecnológica en la que habita.

La energía invisible que disfruta el “homo tecnologicus” es proporcionada en un 90 % por el petróleo, el carbón y el gas natural. Los hidrocarburos representan un elevado porcentaje de los esclavos energéticos que trabajan silenciosa e incansablemente para el despreocupado “homo tecnologicus”.

Figura 3: Esclavos energéticos necesarios para satisfacer la demanda energética del “Homo Tecnologicus”.

La Era de los Hidrocarburos
La transformación de las sociedades recolectoras y cazadoras en sociedades agrícolas introdujo importantes modificaciones en la estructura social de aquellas lejanas civilizaciones. El surgimiento de nuevos oficios y los beneficios económicos del comercio de los excedentes agrícolas sentaron las bases de la formación de sociedades más complejas y de la estratificación jerárquica en la gestión de las urbes.

El sustento energético de las sociedades agrícolas durante miles de años fue primordialmente la biomasa. La energía eólica se aprovechaba en los navíos a vela y la energía hidráulica en molinos y sistemas de riego. La madera era el petróleo de las antiguas civilizaciones agrícolas. Se empleaba en la edificación de casas y palacios, en la cocción de alimentos, en la calefacción de los hogares, en la fabricación de herramientas agrícolas y militares y en la construcción de galeones y molinos de viento.

La era de los hidrocarburos se inauguró con la primera revolución industrial a mediados del siglo XVIII. El primer hidrocarburo empleado en grandes volúmenes fue el carbón. La invención de las máquinas de vapor a inicios del siglo XVIII, la posterior optimización por James Watt en 1784 y su empleo en la industria textil incentivaron el uso masivo del carbón. La construcción de miles de kilómetros de sistemas ferroviarios en Europa y América y el empleo del gas de síntesis – obtenido por métodos químicos a partir del carbón – en los sistemas de iluminación de las grandes ciudades y la masificación de las construcciones de acero transformaron al carbón en el hidrocarburo más empleado a inicios del siglo XX.

En 1859, Edwin Drake, inició en Pensylvania la producción industrial de petróleo. Inicialmente, el empleo del segundo hidrocarburo en importancia en esa época se destinaba a la iluminación doméstica con lámparas de aceite de petróleo y como lubricante de los ferrocarriles e ingenios mecánicos. El desarrollo de la petroquímica, la invención del motor de explosión y su empleo masivo en el transporte urbano, en la agricultura así como en la aviación y navegación, comercial y militar, convirtieron a los derivados del petróleo en el combustible fósil más empleado en la década de los 70 del siglo XX.

El tercer hidrocarburo en incorporarse al mercado mundial energético fue el gas natural, empleado en las centrales de ciclo combinado y en sistemas de cogeneración. Uno de los principales aportes del gas natural es el aumento de la eficiencia de los sistemas energéticos en países industrializados, puesto que las conducciones de gas natural se pueden acercar hasta el punto de consumo de los usuarios.

A inicios del siglo XXI, el acelerado agotamiento de las reservas mundiales de carbón, petróleo y gas augura el final la era de los hidrocarburos. En los años venideros, la peor amenaza para la subsistencia de la civilización agro-urbano-industrial y el modelo económico de crecimiento infinito será la lenta pero irreversible reducción y paulatino agotamiento de los yacimientos de los recursos fósiles finitos. El final de la era de los hidrocarburos es el desafío más importante de la civilización agro-urbana-industrial en los próximos años, figura 4.

Figura 4: Evolución del consumo de hidrocarburos entre los años 1850 y 2000, United Nations.

Transiciones Energéticas Fósiles
La sociedad agro-urbano-industrial ha experimentado una gran adicción a los combustibles fósiles en los últimos 200 años. El crecimiento económico y el desarrollo tecnológico alcanzados por las sociedades industrializadas se deben al aprovechamiento de una energía barata con una alta densidad energética.
La madera era el recurso energético más empleado antes de la llegada de la revolución industrial. A inicios de la revolución industrial, los talleres textiles aprovechaban la combustión de la madera para mover las máquinas de vapor. Así, en el año 1850 en plena expansión del capitalismo industrial, la energía de la biomasa suministraba el 85 % del consumo mundial de energía primaria, figura 5.

Figura 5: Transiciones energéticas fósiles entre los años 1850 y 2000, United Nations.

El rápido agotamiento de los recursos madereros en las zonas industrializadas de Europa y América aceleró la búsqueda de un sustituto energético. La primera transición energética de la humanidad se realizó entre los años 1850 y 1900. La transición de recurso renovable sólido – la madera – a un recurso fósil sólido – el carbón. El carbón incrementó del 10 % al 50 % su participación en el suministro de energía primaria mundial entre 1850 a 1900.

Hasta el año 1900, el consumo de petróleo se empleaba fundamentalmente en la iluminación de zonas rurales y como lubricante de los dispositivos mecánicos, ferrocarriles y máquinas industriales. El empleo del motor de explosión en los sistemas de transporte terrestre y marítimo disparó el consumo de petróleo en el mundo. En el año 1914, antes de la primera guerra mundial se habían fabricado un millón de coches que usaban gasolina, uno de los más importantes derivados del petróleo. Antes de la segunda guerra mundial, el número de coches se incrementó hasta 40 millones de unidades. En el año 1950, el petróleo ya suministraba algo más del 20 % de la energía primaria mundial mientras que el carbón apenas superaba el 40 %. El desarrollo de los motores de turbina de aviones, el empleo del gasóleo en los motores de los barcos, en hornos industriales, en sistemas de calefacción y en generadores de vapor elevó el porcentaje de participación del petróleo en el suministro de energía primaria mundial en 1970 por encima del 40 %. Al mismo tiempo, la participación del carbón se había reducido hasta un 25 %. En tan sólo 70 años, la civilización industrial experimentó una segunda transición energética, la transición de un hidrocarburo sólido a un hidrocarburo líquido.

Actualmente, las sociedades industrializadas experimentan una tercera transición energética, la transición energética de un hidrocarburo líquido a un hidrocarburo gaseoso. Incluso, la Agencia Internacional de la Energía, uno de los organismos internacionales más importantes en la elaboración de estudios energéticos, considera que el siglo XXI podría ser el “Siglo de Oro” del gas natural. En el año 2030, según estimaciones de la mencionada agencia, el carbón, el petróleo y el gas natural suministrarán cada uno aproximadamente el 30 % de la energía primaria mundial.

El Destello de la Civilización Industrial
No cabe duda que la revolución industrial representa un momento estelar en el despegue del consumo energético de la civilización humana. La primera revolución industrial, asociada al empleo de la máquina de vapor, se inició a mediados del siglo XVIII en Inglaterra. La madera fue el recurso natural que sustentó el inicio del proceso de mecanización de la producción textil lanera y algodonera, y que posteriormente se extendió a otras actividades como la industria siderúrgica. La madera se empleaba en la construcción de barcos y telares y en los hornos de la industria siderúrgica.

Las innovaciones tecnológicas de la industria siderúrgica en Inglaterra a finales del siglo XVIII permitieron sustituir la madera por el carbón, en un momento en que la escasez maderera podría convertirse en un factor de estrangulación de la naciente revolución industrial. La optimización de los sistemas de hilado y la aparición de grandes fábricas textiles así como la inauguración de las primeras líneas comerciales del ferrocarril a inicios del siglo XIX incrementaron la demanda de carbón y el aceleraron el movimiento de mercancías y el comercio internacional de productos industriales. El ferrocarril permitió superar las limitaciones al comercio por vías fluviales y a la navegación a vapor. A finales del siglo XIX, el consumo energético de carbón multiplicaba en varias veces el suministro energético proporcionado por la madera.

El carbón fue el motor de la sociedad industrializada hasta la segunda guerra mundial. La utilización del motor de explosión en el transporte privado, en la industria bélica y en la navegación marítima y aérea así como el nacimiento de la industria automovilística y química disparó el consumo de derivados de petróleo. El suministro energético aportado por el petróleo superó en decenas de veces la aportación energética de la madera a finales del siglo XX. Los recursos fósiles, sustento del crecimiento económico de las sociedades industrializadas en los últimos dos siglos, son fuentes energéticas no renovables y altamente contaminantes que inexorablemente se agotaran. La revolución industrial, base del desarrollo de la sociedad capitalista y del crecimiento exponencial demográfico y económico de las sociedades modernas, se enfrenta en las últimas décadas a un agotamiento acelerado de los recursos naturales, necesarios para la producción de bienes y servicios, y a los límites de la biocapacidad del planeta y la degradación del entorno natural.

Si las previsiones sobre el agotamiento de los recursos energéticos fósiles de hacen realidad, es posible que en unas décadas la disponibilidad de energía fácil y barata llegue a su fin. La civilización humana deberá adaptarse de forma consciente y voluntaria a un decrecimiento económico ineludible. Si esto sucede, en un horizonte de miles de años, la civilización industrial será un destello energético momentáneo en la historia de la especie humana, figura 6.

Figura 6: Destello energético de la era industrial, M. Kostic, U. S. Department of Energy.

La Revolución Fósil del Petróleo
Existe una forma muy sencilla de verificar la intensidad energética del petróleo. Cualquier persona que empuje un coche durante 100 kilómetros experimentará la capacidad energética concentrada en algunos litros de tan preciado recurso. Sólo una energía tan fantástica como el petróleo permite desplazar una tonelada de aceros y plásticos sofisticados durante cientos de kilómetros. Desplazar 100 kilómetros de cualquier automóvil moderno cuesta entre 5 y 6 €uros (a 1,4 €uros el litro). Se necesitaría decenas de horas para empujar un coche cien kilómetros. No existe ningún obrero en el mundo que empuje un coche durante decenas de horas por 5-6 €uros. Nadie ni nada en el mundo trabaja tanto por tan poco dinero. La disponibilidad de una energía intensamente concentrada y barata es lo que ha generado la revolución del petróleo.

En el año 1800, en Estados Unidos, y en el resto del mundo, gran parte de la población se dedicaba a la agricultura. Los campesinos eran la población económicamente activa predominante en cualquier sociedad humana. Las ciudades dependían de los productos agrícolas y ganaderos de los granjeros. Los granjeros intercambian algunos productos manufacturados de las fábricas de carbón que existían en algunas ciudades americanas y europeas.

Durante muchos siglos, las sociedades humanas habían utilizado el agua, el viento, la madera, los excrementos animales y el carbón para disponer de energía. Sin embargo, jamás en la historia de la humanidad se dispuso de una energía tan versátil, tan concentrada y tan barata como el petróleo. Hasta ese momento, todas las energías anteriormente empleadas eran sencillamente insignificantes.

El petróleo ha incentivado un endiablado proceso de mecanización de las actividades humanas. La mecanización de la agricultura ha permitido incrementar la producción por habitante de alimentos. La mecanización del transporte permite que en Japón disfruten manzanas de California y en Australia saboreen un salmón chileno.

900 millones de automóviles de todo tipo y modelos trasladan a millones de seres humanos de un lugar a otro en tiempos antes impensables. Las distancias son cada vez más cortas y en unas horas cualquier europeo disfruta de los paisajes exóticos de otros lares. El turismo masivo es resultado de la revolución del petróleo. La revolución del petróleo ha transformado nuestra percepción de tiempo y del espacio. Sin un sustituto del petróleo a corto plazo muchas sociedades humanas deberán reencontrarse y acostumbrarse a una antigua percepción de tiempo y del espacio, hace mucho tiempo ya olvidada.

La Riqueza y el Reparto Mundial de la Energía
En los últimos siglos se ha ido configurando el actual mapa político mundial. Los grandes imperios se desmembraron en jóvenes repúblicas independientes. Actualmente, los países del mundo se pueden agrupar en diferentes regiones geográficas y económicas como la Unión Europea, los países de América Latina y el Caribe, los BRICS, los países de ex Unión Soviética, etc.

El análisis de la distribución del consumo energético por regiones y países del mundo permite detectar una serie de circunstancias interesantes de la situación energética actual, figura 7:

  • El valor medio del consumo energético anual per capita en el año 2010 fue equivalente a una potencia de 2500 vatios. 6700 millones de seres humanos consumen una energía equivalente a una plancha eléctrica funcionando las 24 horas del día durante todo un año.
  • Un pequeño grupo de países presentan un consumo energético superior a la media mundial. Estados Unidos y Canadá con un 5,1 % de la población mundial consumen el 21,5 % de los recursos energéticos del mundo.
  • Estados Unidos, Canadá, Rusia, Japón y la Europa de los l5 representan el 15 % de la población en el mundo, que consume el 43 % del total de la energía mundial. Cada habitante de los Estados Unidos y Canadá presenta un consumo promedio anual superior a 10000 vatios. El equivalente a 4 planchas eléctricas funcionando las 24 horas del día durante todo un año.
  • La India con el 17,7 % de la población mundial consume apenas el 5,1 % de los recursos energéticos. El consumo promedio de un habitante de la India es equivalente a 750 vatios, muy por debajo del consumo de los habitantes de los países que experimentaron la revolución industrial en el siglo XIX y más 12 veces inferior al consumo promedio de Estados Unidos.

La vergonzosa desigualdad energética entre países ricos y países pobres se refleja también en los niveles de riqueza per capita actualmente existentes. El Producto Bruto Interno anual per capita, PIB, una forma de medir la riqueza de los países, es superior a los 50 mil dólares en países como Estados Unidos y Canadá, mientras que en la India está por debajo de los 4000 dólares.

El consumo energético y la riqueza per capita, PIB, están estrechamente relacionados. Los países ricos consumen ingentes cantidades de recursos energéticos para mantener altos niveles de vida. La riqueza económica de los habitantes de cualquier país o región de mundo es directamente proporcional a su capacidad de consumo energético. En las sociedades capitalistas actuales, economía y energía es un binomio inseparable, figura 7.

Figura 7: Distribución de energía por regiones y PBI en dólares per capita, AEREN y ASPO.

La Energía y el Principio de Pareto
En la actualidad, el nivel de consumo energético entre los diferentes países del mundo presenta un preocupante desequilibrio. Desde el punto de vista energético, a escala global, se aprecia la confirmación práctica del principio de Pareto: “pocos con mucho y muchos con poco”. El 15 % de la población más rica del planeta consume el 43 % de la energía primaria. El principio de Pareto se refleja en el consumo energético a escala regional e incluso a escala local, figura 8.

Figura 8: Consumo promedio de energía por países regiones del mundo y PBI en dólares per capita, AEREN y ASPO.

En África, el consumo energético promedio anual de un ciudadano en Sudáfrica es equivalente a 3830 vatios mientras que en Eritrea apenas alcanza 180 vatios, una diferencia superior a 20 veces. El consumo energético promedio per capita en el continente africano es equivalente a 800 vatios, 8 bombillas incandescentes encendidas todo el año.

En el continente asiático, exceptuando a China e India, una persona en Singapur consume el equivalente anual a 8800 vatios mientras que en Bangladesh apenas alcanza los 280 vatios. Un ciudadano de Singapur consume 30 veces más energía al año que una persona en Bangladesh.

En Latinoamérica y el Caribe, destaca Trinidad y Tobago como gran consumidor de energía per capita con un equivalente a 21500 vatios. Es un dato engañoso, las refinerías y la industria petroquímica existente en el país exige un elevado consumo de energía, que eleva el consumo de energía primaria per capita en el país caribeño. En Haití, el país más pobre del continente americano, un haitiano presenta un consumo energético anual equivalente a 400 vatios. Entre Trinidad y Tobago y Haití la relación en el consumo energético es superior a 50. El continente americano presenta la más abismal y vergonzosa desigualdad en consumo energético.

En la Europa de los 15, el consumo energético promedio per capita es equivalente a 5000 vatios mientras queen Portugal es 3000 vatios. En Luxemburgo, un pequeño país en el corazón de Europa, cada ciudadano presenta un consumo energético anual equivalente a 11400 vatios, menos de 4 veces el consumo de Portugal. En Luxemburgo, la existencia de una importante industria siderúrgica y petroquímica condiciona el consumo energético.

La desigualdad existente en la distribución del consumo energético en el mundo se refleja también en los diferentes continentes del planeta. Existe un importante desequilibrio entre pocos países con elevados consumos energéticos y muchos países con escasez energética. El principio de Pareto se manifiesta infalible en el reparto de la energía y de la riqueza..

La Opulencia de las Elites Energéticas
Desde el punto de vista energético, en cada país existen opulentas elites energéticas con un desproporcionado consumo energético en relación a una empobrecida mayoría de la población. La desigualdad existente en la distribución de la energía y de la riqueza es un signo inequívoco del modelo económico capitalista.

En países ricos como Estados Unidos y Canadá existen apreciables diferencias y desequilibrios en el consumo energético, y por tanto en el reparto de la riqueza. Sin embargo, esas desigualdades no se transforman en pobreza generalizada como es el caso de los países menos industrializados o subdesarrollados. Triste e indiscutible realidad de la civilización moderna, resultado de la evolución de la especie humana en algunos millones de años.

El desequilibrio energético existente entre diferentes países y regiones se sustenta en un injusto y desfavorable intercambio de materias primas y recursos energéticos. Los países pobres sustentan con sus recursos naturales la opulencia de los países ricos. En los países pobres sólo algunas elites privilegiadas participan y disfrutan de la explotación de sus recursos naturales por los países más avanzados tecnológicamente.

El opulento consumo energético de algunas sociedades más avanzadas científica y tecnológicamente se ve acompañado por irreversibles agresiones medioambientales. Los países ricos no sólo son los mayores consumidores de recursos energéticos y de materias primas sino también los principales causantes del cambio climático a escala planetaria. Actualmente, el sistema económico predominante representa una seria amenaza de agotamiento de los recursos naturales renovables y no renovables, imprescindibles para sostener el modelo de crecimiento ilimitado inherente a las sociedades capitalistas.

La idea central del discurso dominante que afirma que los países pobres o los sectores menos opulentos de los países subdesarrollados e industrializados podrían alcanzar el opulento nivel de vida de las elites energéticas de los países más ricos del mundo es simplemente una utopía delirante e insostenible. El planeta no dispone de los recursos naturales suficientes para satisfacer semejante incremento de la demanda energética.

Es necesario plantear una perspectiva radicalmente opuesta. Los opulentos países industrializados y las elites energéticas de los países subdesarrollados deberían reducir drásticamente su dieta energética para evitar una catástrofe civilizatoria asociada a la escasez de recursos naturales y los efectos de un cambio climático. El agotamiento de los recursos naturales y las irreversibles agresiones al medio ambiente supondrá una grave amenaza al modelo económico imperante de crecimiento infinito.

El Antropoceno y el Capitalismo Global
La especie humana, en unos pocos miles de años, se ha adueñado del territorio y los recursos naturales del planeta Tierra. Hace unos 10000 años se inició la revolución neolítica, que con la expansión de la agricultura y la ganadería consolidó el dominio territorial y tecnológico del homo sapiens sobre las restantes especies.

La especialización de las actividades productivas y la aparición de excedentes de producción agrícola y ganadera incentivaron la aparición del comercio y la profundización de la estratificación social. La revolución industrial inició el proceso de mecanización de las actividades económicas y la acelerada proletarización de los empobrecidos campesinos que invadían las zonas industriales de las grandes ciudades, huyendo de una esforzada y miserable vida en el campo. El asentamiento del sistema de producción industrial en algunos países de Europa y en los Estados Unidos sentó las bases del advenimiento del sistema capitalista en el mundo.

El capitalismo globalizado imperante en el siglo XX e inicios del XXI, desigual, consumidor y estratificado, ha transformado al planeta en una gigantesca fábrica de mercancías, bienes y servicios. Los sofisticados avances tecnológicos, la disponibilidad de recursos naturales y energía – abundante, barata y muy contaminante –, la ingente oferta de mano de obra asalariada así como el imparable consumismo de las sociedades capitalistas opulentas y en vías de desarrollo, que aspiran a alcanzar el nivel de vida de las elites opulentas, han condicionado la implantación del capitalismo a escala global.

Después de siglos de funcionamiento, la acumulación de desechos, emisiones y residuos de la gran fábrica capitalista global empieza a causar irreversibles y perniciosos efectos sobre un conjunto de recursos naturales indispensables para la vida de los seres humanos: el agua potable, el aire, las tierras de cultivo, la diversidad biológica, los bosques y los caladeros de pesca.

La evolución del capitalismo en los últimos siglos ha consolidado una estructura global de poder político, económico y financiero que afronta conflictos y tensiones regionales y convive con una elevada conflictividad social, producto de una insultante desigualdad entre clases sociales. Las incuestionables contradicciones inherentes al sistema capitalista global, pero fundamentalmente, el inexorable agotamiento de los recursos naturales y energéticos así como la irreparable degradación medioambiental y la irremediable pérdida de biodiversidad amenazan la supervivencia del sistema capitalista y del sustento conceptual que garantiza su funcionamiento a largo plazo: el crecimiento infinito asociado a un insaciable consumismo, a un sofisticado sistema publicitario, a la obsolencia planificada y al fácil acceso al crédito bancario.

La inconsistente idea del crecimiento continuo e infinito en un mundo finito roza el absurdo y el suicido civilizatorio, se enmascara por un complejo entramado publicitario y manipulación informativa, que minimiza e incluso desprecia cualquier impacto medioambiental y las más moderadas propuestas de transformación del sistema capitalista global.

Las Sombras del Antropoceno
Las modernas sociedades humanas son el resultado de miles de millones de años de evolución de la vida en el planeta. Habitualmente, los paleontólogos, geólogos y arqueólogos dividen el tiempo histórico terrestre en eras, periodos y épocas. Según esa división, actualmente, el planeta se encuentra dentro de la era cenozoica en el periodo cuaternario, que coincide con la aparición de los primeros homínidos en el planeta, correspondiente a los últimos 2,5 millones de años.

La formidable evolución tecnológica y social del homo sapiens desde la revolución industrial desemboca en la aparición de una nueva época en la historia de la humanidad: el antropoceno. Una época caracterizada por una inigualable capacidad de impacto geomorfológico y medioambiental de las sociedades humanas, sólo comparable con los grandes cataclismos, inundaciones y erupciones.

Un signo inequívoco de la época del antropoceno es la concentración de población humana en aglomeraciones urbanas superpobladas. El acelerado proceso de urbanización experimentado en los últimos siglos implica que en la actualidad más de 3 mil 300 millones de personas vivan en ciudades, el 47 % de la población total. En el año 2050, 2 de cada 3 personas vivirán en grandes ciudades, acentuando los ya acuciantes problemas de contaminación, gestión de residuos, transporte, salud e insalubridad.

Las modernas ciudades son grandes consumidoras de energía y recursos naturales y se diseñan en función del automóvil privado, creando una absurda dependencia del petróleo, una situación viable mientras haya disponibilidad de ese preciado recurso fósil. Para satisfacer las necesidades alimenticias de la humanidad se cultiva un territorio equivalente a la superficie de Sudamérica y al de África para la crianza de ganado, además, el 90 % de los caladeros están exhaustos y muchas especies terrestres y marinas en serio peligro de extinción.

Los residuos y contaminación de las actividades económicas afectan al funcionamiento del planeta a escala global y al hábitat de miles de especies a escala local. Las emisiones de efecto invernadero han incrementado la temperatura media del planeta y el nivel del mar. La pérdida de hielo en los glaciares causa serios impactos sobre las actividades humanas de las cuencas hidrográficas y la reducción del casquete polar en el ártico podría modificar el comportamiento de la cinta transportadora termorreguladora, lo que podría causar bruscos cambios de temperatura en diversas zonas del planeta.

La época del antropoceno es la época de mayor consumo de recursos naturales, de las más graves e irreversibles agresiones medioambientales y del más absurdo despilfarro energético a escala planetaria, y plantea serios desafíos de supervivencia a la especie humana en un futuro no muy lejano.

Los Perniciosos Impactos del Antropoceno
El proceso de globalización del capitalismo, particularmente en la segunda mitad del siglo XX y en la primera década del siglo XXI, ha acelerado y profundizado los perniciosos impactos sobre la atmósfera y recursos naturales del planeta, indispensables para la supervivencia de la especie humana, como la tierra cultivable, el agua potable, los bosques tropicales y boreales, los caladeros de pesca, la biodiversidad biológica animal y vegetal y las cuencas mineras.

Probablemente, el impacto más visible del antropoceno en el planeta es la aparición de grandes concentraciones urbanas denominadas Metrópolis. Actualmente, existen más de 400 ciudades con más de un millón de habitantes mientras que a inicios del siglo XX sólo diez ciudades superaban esa cifra. Las grandes ciudades ocupan una extensión equivalente al 2 % del territorio mundial emergido y demandan un elevado consumo de energía y recursos naturales para su construcción, mantenimiento y funcionamiento (autopistas, carreteras, hospitales, sistemas de alcantarillado, puertos, aeropuertos e infraestructuras para el suministro de energía, alimentos y mercancías).

Las grandes ciudades están diseñadas para el uso masivo de transporte motorizado, que exige ingentes cantidades de energía, plásticos, minerales metálicos y no metálicos para su construcción y de combustibles y derivados del petróleo para su operación y es el principal causante de la contaminación atmosférica a escala global y del calentamiento planetario. Sin un sistema de transporte moderno sería imposible satisfacer las necesidades básicas de las grandes ciudades con el uso de recursos energéticos y naturales de territorios cercanos, limitando su crecimiento espacial.

Los residuos generados por los sistemas agro-industriales, que suministran energía y recursos naturales a las grandes ciudades se encuentran, en general, alejados o muy alejados de éstas y son especialmente agresivos en los países capitalistas en vías de desarrollo.

Las actividades económicas de la civilización agro-urbana-industrial inciden seriamente en la hidrósfera (ríos, lagos, mares y océanos) y en los glaciares y casquetes polares. Las ciudades se apropian de más del 50 % del agua dulce mundial, generando un proceso de degradación, contaminación y mercantilización del preciado recurso. El consumo de agua en el siglo XX se ha multiplicado por diez, debido al incremento de la población, de los procesos industriales, del turismo masivo y de la agricultura industrializada. La agricultura industrializada es el principal consumidor y contaminador de los recursos acuíferos superficiales y subterráneos por el uso de pesticidas y herbicidas.

La tala de los bosques originarios se ha intensificado desde 1950 con la aparición de la motosierra. Actualmente, una cuarta parte de los bosques originarios ya han sido talados, implicando una gran pérdida de biodiversidad y degradación de frágiles ecosistemas. El 90 % de los caladeros de peces se encuentran sobrexplotados, amenazando la subsistencia de miles de millones de seres humanos y de los ecosistemas marinos. Hoy, la piscicultura permite satisfacer el 50 % de la demanda mundial de pescado y es muy probable que la próxima generación no disfrute de peces en estado salvaje.

Desde 1970, la biodiversidad planetaria se ha reducido en un 30 %, en las grandes extinciones acaecidas en periodos anteriores la pérdida absoluta de biodiversidad no superó el 50 %. La sexta extinción a escala planetaria estará asociada al colapso biológico causado por el capitalismo globalizado en el antropoceno.

El Recuerdo del Titanic
El sistema energético mundial se asemeja a un gran buque petrolero que se dirige inexorablemente y a una gran velocidad hacia una zona de alta peligrosidad. Las consecuencias para la humanidad del acercamiento a esa desconocida zona podrían ser gravísimas tanto para la existencia del sistema económico predominante como para la supervivencia de las sociedades modernas.

El sistema capitalista, único sistema socio-económico que han conocido las últimas veinte generaciones – salvo contadas excepciones y experimentos sociales –, basa su propuesta de crecimiento infinito en la insaciable extracción de recursos naturales limitados para la creación de bienes y la correspondiente generación de contaminación y residuos, que se traducen en irreversibles agresiones medioambientales.

El sistema agro-urbano-industrial exige cada vez más y más ingentes cantidades de energía, mayoritariamente energía fósil, para mantener el omnipresente e incontestable crecimiento económico. Casi el 90 % de la energía primaria mundial procede de energías fósiles como el petróleo, gas y carbón y de la fisión del uranio. En el mencionado sistema agro-urbano-industrial se ha empleado más energía en el siglo XX que en toda la historia precedente de la civilización humana. Los acuciantes peligros al sistema capitalista se reflejan en el inexorable agotamiento de los recursos fósiles, en la incapacidad de regeneración de los recursos renovables a la misma velocidad de su extracción y en el grave impacto sobre la biodiversidad del planeta. La indisponibilidad del suministro de energía y recursos naturales al gran taller capitalista pone en serio peligro el funcionamiento y subsistencia del sistema imperante.

La principal y más grave amenaza que conlleva esta situación, escasez de recursos energéticos y materiales e irreversible degradación del entorno medioambiental, es que plantea el final de la insostenible propuesta de crecimiento ilimitado.

Un horizonte de decrecimiento del sistema capitalista podría desembocar en una situación de complejidad socioeconómica nunca antes vista y emplazar a las sociedades humanas ante una auténtica crisis de civilización. Sin un suministro seguro de energía y recursos naturales no es posible mantener el sistema capitalista en constante crecimiento.

El protocolo de Kyoto implementó una serie de mecanismos para atenuar el impacto medioambiental de las actividades económicas. En términos de la metáfora asociada, se ha desacelerado la velocidad del buque pero se mantiene el rumbo.

La solución más correcta e inteligente implica no sólo reducir el impacto medioambiental sino cambiar decididamente el exagerado consumo de recursos energéticos y materiales de las sociedades capitalistas más opulentas. A menos que se cambie el rumbo y al igual que el afamado Titanic, el buque petrolero de la sociedad industrializada terminará irremediablemente alcanzando la imprevisible zona de alta peligrosidad.

La catástrofe del Titanic causó la muerte de muchos pasajeros, debido a la insuficiente cantidad de botes salvavidas. En esta metáfora, mantener el rumbo implicará la expulsión del sistema de millones de seres humanos. Los pasajeros del Titanic se podrían haber salvado si hubiesen desmantelado los camarotes de lujo y empleado la madera para construir botes salvavidas. Una solución desesperada y violenta pero irreversible sino se adoptan las medidas adecuadas.

Canibalismo Energético Intergeneracional
En los últimos 250 años, la sociedad agro-urbana-industrial ha empleado ingentes cantidades de recursos naturales y energéticos para la producción de bienes y servicios. Dentro de los recursos energéticos empleados en el gran taller del capitalismo, no hay duda que el petróleo es el más versátil y de mayor concentración energética.

El petróleo es una sustancia única por sus fabulosas particularidades químicas y su irremplazable intensidad energética. El procesamiento industrial del petróleo permite disponer de una lista interminable de singulares productos como gasolinas,lubricantes, plásticos, detergentes, pinturas, barnices, disolventes, etc. Es difícil imaginar la existencia de las sociedades modernas sin los productos derivados del petróleo. En poco más de 150 años, el petróleo se ha convertido en el motor del crecimiento económico de la humanidad. Sin petróleo, las futuras generaciones no disfrutaran de las bondades de los productos petroleros y no dispondrán de una energía barata que sustente un crecimiento económico constante.

En otras palabras, el agotamiento del petróleo por las últimas 8 o 9 generaciones, definiendo que cada generación comprende 20 años, implica que las futuras generaciones verán seriamente reducida su capacidad de supervivencia y sin ningún sustituto real a corto plazo del recurso energético más importante de las últimas décadas. Es una situación nunca antes vista en la historia de la humanidad. Las actuales generaciones devoran rápidamente los recursos no renovables dejando a las futuras generaciones las migajas menos energéticas, más contaminantes y más difíciles de extraer y refinar. Una especie de canibalismo energético intergeneracional que pone en riesgo la supervivencia misma de sus propios descendientes, hijos y nietos.

Aproximadamente el 70 % de los derivados del petróleo se queman en complejos sistemas de combustión. Resulta absurdo comprobar como las últimas generaciones se dedican a la quema indiscriminada de un recurso energético tan noble y con tal versatilidad de usos. Quizás las futuras generaciones desarrollen tecnologías más inteligentes e innovadoras para usar el petróleo, pero lamentablemente no tendrán esa oportunidad.

Las estadísticas de diversos organismos internacionales como la Agencia Internacional de la Energía (AIE) indican que el petróleo convencional ha alcanzado su máximo nivel de producción en el año 2006. Es poco probable que los nuevos descubrimientos o el desarrollo de nuevos yacimientos de petróleo enderecen el importante declive en la producción de los grandes campos petroleros descubiertos en la década de los sesenta y setenta.

Hace miles de años, el control del fuego por la especie humana permitió desplazar a sus competidores naturales. La invención de la agricultura significó la conquista territorial por el hombre de una parte significativa del planeta y la formación de las primeras ciudades. La revolución industrial inició el proceso de mecanización de diferentes actividades económicas e introdujo el concepto de crecimiento infinito gracias a una energía barata, fácil de extraer y con una densidad energética insuperable. La ilusión de un crecimiento infinito basado en recursos energéticos finitos derivará en serias implicancias y complicaciones para la supervivencia de las futuras generaciones humanas. El agotamiento del petróleo implica menor energía y el final del crecimiento económico. El resultado del canibalismo energético intergeneracional será una pesada herencia para las futuras generaciones.

Colapso de Civilizaciones
La implantación a escala global del sistema capitalista ha configurado una situación extremadamente grave para la civilización humana. El agotamiento de los recursos materiales y energéticos, asociado al crecimiento exponencial de la población y al desaforado consumismo de una parte importante de la misma, y los límites de la biocapacidad del planeta incrementan el riesgo de colapso civilizatorio. El colapso de civilizaciones es una situación de degradación social que han experimentado varias civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad.

Jared Diamond, autor estadounidense de literatura científica, en su libro “Collapse: How Societies Choose to Failor Succeed” identificó la existencia de cinco factores que condicionan el colapso e incluso la desaparición de civilizaciones. Estos factores son el deterioro medioambiental, la aparición de un proceso de cambio climático y eventos catastróficos, la existencia de vecinos hostiles, la convivencia armoniosa con socios comerciales amistosos y la capacidad de la sociedad en dar respuesta a sus problemas ambientales. No obstante, aunque se puede dar la confluencia de varios factores, según Jared Diamond, el deterioro medioambiental suele ser el factor determinante en el proceso de colapso de civilizaciones.

Jared Diamond, a lo largo de su libro, ejemplifica el colapso de diversas sociedades por la incidencia individual o conjunta de los factores anteriormente mencionados. Así, por ejemplo, el colapso de la sociedad Rapa Nui en la isla de Pascua se debió exclusivamente al deterioro del entorno medioambiental y a la incapacidad de la elite dominante de abordar un grave problema de desabastecimiento de recursos naturales. El ocaso ecológico de la población y las guerras fratricidas por el control de los escasos recursos condujo a la destrucción civilizatoria de la sociedad Rapa Nui. Mientras, el colapso de la sociedad Maya se debió a la confluencia de variosfactores determinantes como el deterioro medioambiental, el cambio climático – un largo periodo de sequía – y la existencia de vecinos hostiles.

Asimismo, Jared Diamond, presenta la situación singular de las colonias noruegas en Groenlandia, que se enfrentaron a todos los factores que condicionan el colapso de una civilización. La introducción de ganado vacuno en Groenlandia por los noruegos, con la intención de mantener hábitos alimenticios tradicionales, degradó el territorio ocupado. Asimismo, la incapacidad de adaptarse a los recursos naturales disponibles del entorno y de aprender las técnicas sostenibles de la cultura Inuit, así como la reducción de las temperaturas desencadeno el desmoronamiento de los colonos noruegos.

El fracaso de la sociedad noruega se debió a la incapacidad de anticiparse y percibir los problemas que acarrearían al entorno sus hábitos alimenticios. El manifiesto desinterés en convivir y aprender las técnicas sostenibles de una cultura milenaria asentada en Groenlandia, los Inuits, imposibilitó la adopción de medidas adecuadas para que los colonos noruegos solucionaran sus problemas de desadaptación a los territorios colonizados.

La situación global actual a escala planetaria se asemeja a la situación experimentada por los colonos noruegos. Un grave deterioro del entorno medioambiental y la aparición de signos inequívocos de un cambio climático así como la incapacidad de proponer soluciones viables conducen a un serio riesgo de colapso civilizatorio.

Sostenibilidad Energética en un Mundo sin Petróleo
La humanidad experimenta un momento único en la historia de su evolución como especie. El agotamiento de los recursos fósiles y la problemática del impacto en el medio ambiente condicionan sus expectativas de crecimiento económico en un futuro no muy lejano.

La historia de la humanidad en los últimos 150 años es la historia del petróleo. El recurso fósil que más condiciona las actividades económicas de las sociedades modernas. El petróleo está presente en cada minuto de nuestra existencia y es la energía que ha permitido a las sociedades capitalistas altamente industrializadas alcanzar los actuales niveles de riqueza y opulencia.

La dependencia del petróleo se manifiesta en diferentes niveles, algunos fácilmente perceptibles y otros derivados o indirectos. El transporte es la dependencia más directa e inmediata que se suele indicar. Pero la agricultura, la distribución de alimentos, la pesca, el turismo, la industria farmacéutica y petroquímica son actividades económicas que tienen una fuerte dependencia de los derivados del petróleo. Un tercer nivel de dependencia, menos perceptible pero no menos importante, es la recaudación de impuestos por parte del Estado de las actividades económicas.

El crecimiento o recesión de las actividades económicas afecta directamente a los impuestos que recauda el Estado. Una recesión económica implica un menor ingreso por impuestos y una menor capacidad del Estado en satisfacer servicios públicos como la salud, la educación, la seguridad, la defensa del territorio, etc.

Asimismo, las recesiones económicas disparan el número de desempleados, que incapaces de honrar sus deudas generan desconfianza en el sector financiero. Elsector financiero, temeroso de sus préstamos, reduce las inversiones en las actividades económicas.

Los ciudadanos que sufren la tragedia del desempleo reducen el consumo de bienes y servicios. La reducción del nivel de consumo obliga a reducir empleos e incluso a cerrar fábricas y negocios. Menos actividades económicas, menos empleo, menos consumo, menos recaudación de impuestos, menos servicios sociales. Un círculo vicioso que experimentan, actualmente, varias naciones industrializadas.

El crédito bancario, el consumo y la obsolescencia programada, los tres pilares que garantizan el crecimiento económico del sistema capitalista se ven seriamente afectados. Es un momento histórico digno de vivir porque la solución a los problemas descritos se deberá resolver con gran ingenio e imaginación y con una gran dosis de sostenibilidad energética.

Sostenibilidad energética es sinónimo de independencia e invulnerabilidad energética y respeto al medio ambiente. Sostenibilidad energética significa implementación de planes de ahorro y eficiencia energética e instalación de sistemas renovables de generación eléctrica y térmica, pero sobre todo la elaboración de estrategias de sustitución del petróleo en el transporte, en la agricultura, en la industria, en el turismo y en la industria química y farmacéutica.

El Petróleo y la Crisis Global del Capitalismo
La actual crisis económica que asola a los países industrializados se inició en Estados Unidos en septiembre del 2008, debido a la crisis crediticia de las hipotecas subprime en el sistema financiero americano, según el actual discurso dominante. La explicación de las causas de la recesión americana suele ser estrictamente economicista y financiera. En realidad detrás de la crisis financiera americana y europea subyace una grave crisis energética enmascarada y silenciada por los grandes medíos de comunicación.

La economía americana es adicta a un recurso fósil escaso y no renovable: el petróleo. En Estados Unidos se consumen casi 20 millones de barriles de petróleo al día, casi una cuarta parte de toda la producción mundial de petróleo. El empleo del coche privado es el principal medio de transporte en los Estados Unidos: 800 coches por cada mil habitantes.

Ante el constante incremento de los precios de los derivados del petróleo entre el año 2003 y 2008, los usuarios americanos del coche privado tuvieron que dedicar gran parte de sus ingresos en la compra de gasolina y, por tanto, obligados a reducir el consumo. Además, el aumento de los precios del petróleo afectó al precio de los alimentos y de muchas otras materias primas, impactando negativamente en el consumo de bienes y servicios.

La reducción del consumo en Estados Unidos desencadenó el cierre de empresas y fábricas, iniciando un irreversible proceso de recesión económica. Los ciudadanos americanos perdieron sus trabajos y salarios, y por tanto, su capacidad de consumir a niveles anteriores y de honrar las deudas contraídas, acentuando el círculo vicioso de la recesión económica. La peor crisis financiera global de las últimas décadas fue resultado del incesante incremento del precio del petróleo entre los años 2003 y 2008.

En Europa, la existencia de un transporte público electrificado permitió un retraso de la llegada de la crisis económica. No obstante, la crisis llegó al viejo continente con devastadores estragos: paro e incapacidad económica para afrontar gastos y deudas. Asimismo, la alta dependencia fósil de la estructura económica de los países mediterráneos como España, Italia y Grecia ha profundizado la crisis económica en esos atribulados países europeos.

Ante un escenario de precios elevados del petróleo, las economías industrializadas deberían invertir tiempo, recursos y esfuerzos en evaluar las posibilidades de evitar el colapso económico debido a la imposibilidad de adquirir petróleo a precios inadmisibles y en elaborar e implementar planes estratégicos de despetrolización.

El Fin del Petróleo Barato
La evolución del precio del petróleo en las últimas cinco décadas refleja los cambios estructurales experimentados en el sector petrolero. En las tres últimas décadas del siglo XX los precios no superaron los 25 dólares, exceptuando el periodo de la primera agresión a Irak. Entre el año 2000 y el año 2008, el precio del petróleo se incrementó de 25 dólares hasta un máximo de 145 dólares en julio de 2008. La integración en la economía mundial de inmensos mercados como China, India, Brasil, Sudáfrica y Rusia elevó los precios del petróleo e incentivó la búsqueda y explotación de crudos no convencionales.

Después del debacle de los precios en el año 2008, una caída de 145 a 34 dólares de julio a diciembre del 2008 causada por la recesión capitalista, el precio del petróleo en plena crisis global del capitalismo se ha recuperado lentamente hasta una banda de precios inadmisibles para la recuperación de las economías europeas.
Así entre diciembre del 2010 a diciembre del 2011, la banda de precios se ha movido entre un máximo de 114 dólares y un mínimo de 76 dólares. Entre enero del 2013 y enero del 2014, los precios mínimos y máximos se han ajustado a una banda entre 86 y 110 dólares.

Las variaciones puntuales del precio del petróleo se pueden atribuir a la especulación de los mercados de futuro, a las tensiones geopolíticas en Oriente Medio, a los accidentes en las zonas de producción petrolífera y a las limitaciones del volumen de refino del petróleo en las refinerías, pero la principal causa del incremento del precio de petróleo en los último años son los elevados costes del petróleo no convencional. Los crudos no convencionales fijan el precio marginal del precio del crudo internacional, figura adjunta.

La búsqueda y extracción de petróleo en zonas polares del Ártico, en aguas profundas de México y Angola o en yacimientos de pizarras bituminosas o arenas asfálticas del Canadá es un signo inequívoco del agotamiento del crudo ligero, que se ha convertido en una fuente de energía escasa. La complejidad tecnológica de la exploración y extracción del petróleo no convencional eleva los costes de producción. El petróleo barato a inicios del siglo XXI llegó a su fin. Los países importadores de petróleo deberán elaborar e implementar estrategias de despetrolización con carácter de urgencia.

El Modelo Cultural de Crecimiento Infinito
En la dimensión cultural, las élites políticas y los grupos económicos de poder han posicionado un discurso irresponsable, con las futuras generaciones, e irrespetuoso con el entorno medioambiental. El discurso dominante, constantemente repetido, cortoplacista e interesado, de las élites globalizadas de poder ha interiorizado, en cada ser humano, la necesidad de satisfacer sus necesidades materiales sin reflexionar en las consecuencias de un consumo ilimitado de recursos naturales, que sin ninguna duda, no estarán a disposición de las generaciones venideras, y en el caso de las sociedades opulentas, se vinculan con el expolio de la riqueza humana y material de los países menos industrializados.

En el consciente individual, el modelo capitalista de crecimiento económico infinito ha propiciado el asentamiento de un modo de vida esclavo, que induce a pensar que la felicidad del ser humano consiste en trabajar incansablemente, en disponer de elevados niveles de capacidad económica y, sobre todo, en adquirir y consumir la mayor cantidad de bienes y servicios posibles a lo largo de su breve y corta existencia.

Ante un panorama extremadamente delicado de la evolución de las sociedades capitalistas, en un entorno medioambiental extremadamente degradado y con un suministro de recursos materiales amenazado, es necesario replantear el modelo de económico de crecimiento infinito. Parece lógico deducir, que el modelo capitalista de crecimiento infinito no ha conseguido articular una propuesta inteligente de gestión de los recursos materiales y de conservación del entorno medioambiental, al contrario, ha devenido en consolidar sociedades con lacerantes y vergonzosas diferencias sociales, incapaces de garantizar el bienestar más básico de todos sus conciudadanos, exceptuando una pequeña elite social de insultante opulencia.

Un modelo de crecimiento sostenible plantea un crecimiento cuantitativo en lugar de un crecimiento exponencial insostenible y requiere un debate que defina el nivel adecuado de bienestar social, así como las dimensiones y atributos de un modelo de crecimiento cualitativo, considerando las restricciones medioambientales del planeta y el agotamiento de los recursos materiales de más fácil extracción y mayor densidad energética. Sin lugar a dudas, es un debate que una innegable realidad ya ha impuesto en las agendas políticas y en las estrategias de crecimiento de los países más industrializados.

En un entorno de sostenibilidad energética, uno de los aspectos a promover e incentivar es incrementar el nivel de resiliencia energética de diferentes regiones o países, entendida como la capacidad de resistir situaciones muy adversas de suministro de recursos energéticos y materiales. El nivel de resiliencia energética de cualquier país está directamente relacionado con la resolución del problema más grave de cualquier sociedad motorizada: el binomio petróleo-transporte, que exige la sustitución de los derivados del petróleo en un proceso planificado de electrificación del transporte de personas y mercaderías entre ciudades y en las ciudades.

Asimismo, el aprovechamiento de recursos energéticos autóctonos – masiva integración de sistemas renovables de generación de electricidad y calor en los actuales sistemas energéticos – y la implementación de planes de eficiencia y ahorro energético en los procesos de generación, transformación, distribución y consumo energético permitirán resolver los grandes problemas energéticos de la humanidad.

Finalmente, la exigencia de un profundo cambio cultural en los patrones de consumo de las personas, que implica desarrollar e implementar acciones individuales de sobriedad y sencillez energética.

Perú, Construcción de un Modelo Energético Sostenible
La Agencia Internacional de la Energía, AIE, considera que el petróleo suministrará entre el 28 % – 33 % del consumo mundial de energía primaria en el 2035. Por tanto, el suministro del petróleo será una importante preocupación para los diferentes gobiernos del mundo en las próximas décadas, especialmente para aquellos países emergentes como China e India que han iniciado un acelerado proceso de motorización de sus sociedades basados en este recurso fósil sin poseer reservas propias. La geopolítica del petróleo en este siglo tendrá como principales actores a los gobiernos de China e India, en defensa de sus correspondientes intereses.

En este contexto, el suministro mundial de petróleo se enfrentará en las próximas décadas a los siguientes ineludibles problemas: el agotamiento de la producción mundial de crudo convencional, los elevados precios de extracción de petróleo no convencional, la inestabilidad política de grandes productores (Irak, Irán, Venezuela, Libia, etc.).

La AIE, un organismo que no se puede catalogar de extremista, sensacionalista o exagerado, indica que la producción de crudo convencional alcanzará un nivel estable de 68-69 millones de barriles diarios en el año 2020. No es difícil deducir que a partir del año 2020 – años más años menos – cualquier incremento del consumo de petróleo se suministrará con ayuda de crudos no convencionales – petróleos de aguas profundas, crudos extra pesados y pesados, condensados de petróleo, petróleo de esquistos bituminosos, arenas bituminosas – más caros de explotar, transportar y refinar que los crudos convencionales.

Un modelo económico basado en la ingesta de productos fósiles y en la quema indiscriminada de los mismos no es un modelo energético fiable que se pueda mantener muchas décadas. Es importante recordar que el petróleo y el gas, empleados de forma inteligente y racional, podrían permitir la creación de polos industriales de desarrollo y promover las bases de un proceso de industrialización de los productos de exportación nacionales. Cada metro cúbico de gas que se quema, cada barril de petróleo que se importa son recursos económicos que no se reinvierten en el país.

Una economía basada en la exportación de productos primarios es válida hasta que esos productos se agoten o los precios internacionales desmotiven su exportación, con los consiguientes problemas de desestabilización económica del país.

La transformación del modelo energético debe ser un proceso impulsado por la necesidad del Perú en convertirse en un país moderno con una economía basada en las nuevas tecnologías, el desarrollo sostenible, el ahorro y la eficiencia energética y no en aceptar el rol de sistema económico suministrador de materias primarias a las economías más industrializadas.

La sociedad peruana debe entender que el futuro de nuestras generaciones depende de las acciones que se adopten ahora. Un nuevo modelo energético es una gran oportunidad para industrializar el país, para crear riqueza, para dinamizar el mercado energético, para cohesionar y convocar la participación de todas las fuerzas productivas del país en una empresa jamás antes planteada y con unas repercusiones económicas de magnitudes insospechadas e inimaginables.

La idea es establecer las bases de un modelo moderno, inteligente, respetuoso con el medio ambiente, seguro, sostenible, competitivo, inclusivo y que no ponga en peligro el frágil sistema económico existente dependiente de recursos fósiles internos y externos. En este sentido, la propuesta que se realiza desde este artículo es que las bases del modelo energético sostenible del Perú del siglo XXI deberían ser:

  • Planes de integración de energías renovables – transporte, electricidad, calor y frío.
  • Planes y acciones de eficiencia energética (optimización de las centrales térmicas e hidráulicas, sector transporte, sector residencial, sector industrial, sector comercial, patrones de consumo, gestión eficiente de la demanda)
  • Edificación sostenible en nuevas construcciones y rehabilitación y certificación energética de edificios antiguos (técnicas bioclimáticas de construcción, edificios de emisión cero e integración de energías renovables en la edificación)
  • Estrategias sostenibles en el sector transporte (construcción de bio-refinerías, investigación e innovación en biocombustibles de tercera generación, empleo de vehículos híbridos y eléctricos en Ministerios y organismos públicos, electrificación del transporte público y de mercancías, ordenación de la movilidad y espacio urbano, creación de vías ciclistas para cortas y medianas distancias, conducción eficiente y respetuosa con los peatones)
  • Sistemas de generación distribuida y sistemas de almacenamiento de energía coordinados por sofisticados protocolos de telecomunicación

Desde luego que es más fácil perforar y extraer gas y petróleo – hasta que se acaben o importe, pero la construcción de un modelo energético sostenible que garantiza la continuidad de suministro energético, maximiza la independencia e invulnerabilidad energética del país es una tarea audaz, inteligente, a largo plazo que no se debe postergar.

 

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